viernes, 16 de octubre de 2009

ORIGEN DE LOS CELTAS Y SU SOCIEDAD


Los celtas representan uno de los grandes ejemplos de esas culturas antiguas donde el ser humano vivía más en contacto con la Naturaleza. Formada por numerosos pueblos del occidente europeo, estaban unificados por un origen común y por una misma forma de mística canalizada por los druidas.
Enfrentar el tema de los celtas es un trabajo bastante difícil, pues no nos dejaron una historia escrita. Por otra parte, los conocimientos que pudieran poseer eran secretos y exclusivos de los druidas, quienes los transmitían de manera oral. La historia que nos ha llegado viene fundamentalmente por dos vías: por un lado de los comentaristas griegos y romanos -que veían a los celtas más bien como pueblos bárbaros- y de otro lado a través del cristianismo, que tomó algunas de sus tradiciones, adaptándolas.
Respecto a su origen, podemos hablar de una rama de los pueblos conocidos como indoeuropeos, que constituían un tronco étnico procedente de la zona de Irán, Afganistán y el norte de la India. Las migraciones se dieron por sucesivas oleadas y se dirigieron hacia el norte y el centro de Europa. Se fundieron con los pueblos autóctonos del lugar, alimentándose de sus tradiciones e inculcándoles también las suyas propias. Nos encontramos entre 1300 y 700 a.C. unos pueblos protoceltas, que se cree fueron los creadores de la cultura de los «campos de urnas» (Urnfield), denominada así por su forma de incinerar a los muertos y colocar las cenizas en urnas. Habitaban en aldeas, practicaban la agricultura y utilizaban el bronce. Entre los siglos IX y X a. C. iniciaron nuevas migraciones que los condujeron hasta Francia, Gran Bretaña y España.
Entre los años 700 y 600 a. C. se difundió en Europa central el uso del hierro; se trata de la cultura de Hallstad, conformada por una raza belicosa y autoritaria. Esta migración se va a caracterizar porque tiene unos ritos funerarios distintos a la anterior: los cadáveres serán enterrados junto con sus armas y objetos preciosos en unos túmulos. Hacia el 500 a. C., durante la segunda edad de hierro, conoció su apogeo la creatividad artística del genio celta y se produjo una gran expansión hasta el siglo II a.C., cuando empezaría su declive. Los celtas no fueron los constructores de los megalitos, pues cuando ellos llegaron ya estaban, pero sí los reutilizaron, aprovechando aquellos lugares por su tradición sagrada y mágica.
La sociedad celta
En un principio eran pueblos nómadas, por lo que siempre estaban en pie de guerra; sus campamentos eran pequeños y predispuestos al cambio. Al volverse sedentarios empezaron a construir pequeñas aldeas y a establecer granjas alrededor de estos asentamientos, que en un principio estaban fortificados. No llegaron a formar un estado como tal, sino que estaban organizados en tribus. Era en lo religioso donde estaban unidos: tenían los mismos dioses, las mismas tradiciones y la institución de los druidas era reconocida y respetada donde quiera que hubiera celtas. Es por esta última cuestión y por tener un origen común, por lo que podemos hablar de «cultura celta». Cada tribu se componía de clanes y los clanes de familias, generalmente con antepasados comunes como algún héroe mítico, por ejemplo.
Los celtas concebían que por encima del individuo estaba la tribu y todo se supeditaba a la necesidad común. Ser expulsado de la tribu era perder el honor y caer en descrédito para los demás. A la familia no se le daba mucha importancia, ni tampoco al matrimonio. Había estipulados unos contratos de matrimonio, donde la mujer debía aportar una dote en plata y el hombre debía duplicarla, conformándose así el patrimonio familiar; en caso de defunción pasaba todo al que quedaba vivo, fuera el hombre o la mujer, indistintamente. En los casos de hijos ilegítimos, era la mujer la que les daba el nombre. Estaba estipulado el divorcio, siempre y cuando los dos cónyuges estuvieran en acuerdo en realizarlo.
El clan se responsabilizaba de que sus miembros cumplieran las leyes de la tribu y del bienestar de la misma; hasta tal punto era esto así, que si algún miembro del clan incurría en delito, todos se solidarizaban con el castigo. También se hacía cargo de asumir la responsabilidad del daño que causaran sus miembros si estos no podían asumirla, al igual que ejercía el derecho de venganza en el supuesto contrario.
De entre todos los componentes de la tribu se elegía al más capacitado para conducirla; las cualidades que debía cumplir eran sabiduría, astucia, valor y prestigio. En el caso de que muriera y no hubiera un candidato claro, entraban en juego los druidas, que lo elegían para evitar disputas. En cualquier caso, la elección siempre debía estar ratificada por el jefe de los druidas en una ceremonia conocida como la «inauguración real» que, según el lugar y la época, podía variar, aunque siempre tenía el mismo simbolismo: el jefe, como representante de la potencia celeste, debía efectuar el matrimonio sagrado con la representante de las potencias telúricas de la tierra. A esto se le ha denominado en la antropología moderna hieros-gamos o «matrimonio sagrado», cuya función era propiciar la prosperidad de la tribu.
Existía un consejo compuesto por todos los hombres y mujeres libres de la tribu, que podía influir en las decisiones y pedir cuentas al rey. Si varias tribus se aliaban ante un enemigo común, se formaba un consejo con miembros de las distintas tribus y se elegía a un rey supremo.
Los druidas
Según dice Julio César: «Se ocupan de lo relacionado con los dioses, ofician los sacrificios públicos y privados, ordenan todas las cosas de la religión. Un gran número de jóvenes acuden a ellos para recibir instrucción y gozan de una gran estima». A los druidas corresponde «zanjar todas las diferencias públicas o privadas». Quienes no aceptaban sus decisiones se enfrentaban a una especie de muerte civil, según la cual se les impedía el acceso a las ceremonias religiosas. Los druidas son sacerdotes, pero a la vez maestros y filósofos. No formaron nunca una casta de tipo hereditaria, sino que daban formación a aquellos jóvenes que despuntaran por tener alguna facultad fuera de lo normal. Su enseñanza se componía de tres mandamientos:
1. Obediencia a las leyes divinas.
2. Interés por el bienestar de su sociedad.
3. Asunción con valentía de todos los embates de la vida.
Estos tres «mandamientos» pueden vivirse individual o colectivamente, y están relacionados con los tres grados del sacerdocio:
a) Los bardos. Retomando el principio del ritmo de la onda o de la ola, el bardo es aquel que encuentra el ritmo en el verbo y crea las canciones. Están inspirados por la armonía de las estrellas y sus túnicas son azules. También son astrónomos. Este primer grado prepara para la vivencia del tercer mandamiento: enfrentarse a la vida tal y como se presenta y no buscar una felicidad o paraíso inexistentes, pero saber transformarla gracias a la poesía y el canto.
b) El ovate. Lleva la túnica de color de la vibración de la naturaleza sobre nuestro planeta. No es todavía un druida, pero tiene la posibilidad de enseñar a la juventud, de dar esperanza y ánimo. Si el bardo trabaja con la música profunda, el ovate trabaja sobre las obras del pensamiento. Conocían la ciencia concerniente a las direcciones de la corriente y sabían canalizar las energías de la Naturaleza. El ovate actúa como catalizador entre el mundo subterráneo y el mundo aéreo del pensamiento.
c) El druida. Esta palabra proviene de la raíz derw, que quiere decir «roble». Este árbol canaliza una energía que le permite retorcerse sobre sí mismo. Una de las funciones del druida es el corte del muérdago. Es realizado por tres personas que encarnan los tres mandamientos: dos que aguantan y una que corta con la hoz de oro. La hoz representa el poder de la Luna y de Saturno, símbolo del conocimiento y de la victoria sobre la muerte. El druida lleva una túnica blanca y canaliza las energías del cielo. En algunos casos ponen hasta dos modalidades más, que serían los que imparten justicia y los que realizan los sacrificios.
Pasan hasta 20 años de instrucción y sus conocimientos son secretos y no pueden ser escritos, para evitar que caigan en malas manos. En su doctrina enseñan que las almas no perecen, sino que después de la muerte reencarnan en otro cuerpo tras un periodo de descanso. Disertan acerca de los astros y de sus movimientos, así como de la magnitud del mundo y de la tierra, de la naturaleza de la cosas, de la potencia y fuerza de los Dioses... Tienen una reunión anual, en un lugar sagrado que se consideraba el centro de la Galia.
Mentalidad y pensamiento
En el entorno de los celtas todo era prodigioso y devenía de algún tipo de fuerza divina: desde sus propios e inciertos orígenes, hasta los bosques o los animales con los que convivían; desde los combates guerreros o las expediciones al fin del mundo, hasta su calendario de fiestas. Los dioses se manifestaban en todo momento y, si no eran ellos, eran entidades de otros planos como hadas, elfos, etc. La vida no podía considerarse otra cosa que una mera transición más o menos entretenida hasta el momento de la muerte, que se aceptaba sin complejos ni culpas, ya que no constituía más que un paso previo a la existencia en el «otro mundo». En algunos textos se sugiere la creencia generalizada en la reencarnación. Para los celtas la vida significaba movimiento y dinamismo y por ello no había alternativa posible: cabalgaban el incesante oleaje de la existencia, de ahí su desapego de lo material y su comprensión de cuanto de pasajero tiene la vida, expresado, por ejemplo, en la ausencia de grandes asentamientos.
Su número mágico por excelencia es el 3, repetido hasta la saciedad en sus mitos y representado gráficamente con un triskel, símbolo solar de tres brazos; esta cruz celta resume los tres mundos:
- El círculo de Keugant, o círculo vacío, donde ningún ser, excepto Dios, puede existir; ni los vivos ni los muertos pueden acceder a él y sólo las manifestaciones de Dios pueden atravesarlo. Es el mundo espiritual o arquetípico.
- El círculo Abred, o círculo de la «fatalidad», donde cada nueva existencia nace de la muerte. Es el círculo de las migraciones que todo ser animado tiene que atravesar para llegar hasta el siguiente.
- El círculo de Gwenved, círculo de la beatitud en el conocimiento, donde cada nuevo estado nace de la vida. Es el «mundo blanco» a donde todo hombre debe llegar al finalizar las encarnaciones, para salir del juego de luces y sombras.
El triskel es el símbolo del hombre que se ha trascendido a sí mismo hasta liberarse, para integrarse en Dios. No se trata de acumular poder y ejercerlo como un tirano, sino de someterse a la Naturaleza y ayudarla a construir. Así, entre el bien y el mal está la indecisión, momento supremo en el que el hombre puede escoger su destino. Entre el día y la noche existe la «hora indeterminada», el alba o el crepúsculo, cuando es más fácil entrar en contacto con los seres invisibles. Entre los celtas galos distinguimos la triada Tutatis, Esus y Taranis; la de Galahad, Perceval y Boors, únicos caballeros que encontraron el grial. Muchos Dioses guerreros y muchos héroes celtas han de repetir tres veces la misma acción concreta antes de poder cosechar las ventajas que esperan de ella; han de enfrentarse con tres tipos de animales o seres malignos, etc.
Hemos visto que los celtas conocían las leyes de la Naturaleza y sus ritmos, y que concebían al ser humano como un ente espiritual, del que el cuerpo no era más que el aspecto físico. En el aspecto artístico, sus bardos inspiraron a lo largo de la Edad Media la saga artúrica y la del grial, adaptando sus canciones a los nuevos tiempos. En el aspecto científico los druidas tenían grandes conocimientos de la leyes naturales, que trataban de utilizar sólo para el bien de los hombres, de ahí su firme empeño en mantener el secreto, pero su sabiduría se perdió con ellos. Tenían cierta homogeneidad como cultura, pero si cayeron ante Roma fue porque no fueron capaces de unirse en el momento decisivo.
Hablar de los celtas hoy en día es hablar de una forma de vida más natural y sencilla, tal vez más ecológica -usando terminología moderna-, de la que tal vez el hombre actual podría sacar aún alguna enseñanza. Juan Marti ( de la revista el " mundo de sophia")

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